Torre Morena: grietas, facturas y aspiraciones

En la torre legislativa de Morena ya no hay control fino, hay vibración de piezas sueltas. Cuauhtémoc Estrada, coordinador de la bancada, logró durante buen tiempo mantener a sus grupos estables, coordinados y bajo control relativo; ese mérito existió.

Pero hoy el tablero le exige algo más incómodo, revisar a quiénes integra y quiénes lo rodean, no sólo dentro de la bancada, también en el círculo de asesoría que influye, empuja y termina cobrando. El descalabro actual no es de un solo nombre ni de una sola decisión; es la suma de errores de diseño interno.

 

No alcanza con culpar al juarense que aspira a la alcaldía. El primer factor está en haber entregado varios espacios y mucho poder a Brenda Ríos, un perfil que, por su propio comportamiento político, luce de paso: más enfocado en  poder que en permanencia partidista.

Esa concesión no sólo alteró equilibrios internos; también detonó choques con otras corrientes ideológicas dentro del mismo Morena. La factura ya se paga, tensiones abiertas, desgaste en la bancada y un liderazgo que tiene que administrar conflictos que él mismo ayudó a incubar.

A esto se suma Óscar Avitia, representante de los intereses de Andrea Chávez y Juan Carlos Loera, que no abona a la cohesión y que ya le dejó a Estrada un mal sabor de boca en la tradicional rueda de prensa de hace dos semanas. Y como tercer frente, la inminente salida de Rosana Díaz, que si bien no es de sangre morenista, tampoco estaba alineada con otras corrientes ideológicas.

Son tres corrientes distintas, tres problemas distintos y tres pesos específicos que condicionan la aspiración rumbo a Ciudad Juárez.

 

Si la factura mediática más evidente e interna hoy lleva nombre y apellido Brenda Ríos, el corte fino obliga a medir quién suma y quién resta en la operación cotidiana. Ahí aparece Óscar Castrejón, izquierdista de mucho conocimiento, pero poca calle; más libro que territorio.

Sus publicaciones y comentarios públicos, lejos de cerrar filas, profundizan las grietas y exhiben diferencias. No es un activo en la operación; es un factor de desgaste.

Estrada encara un reto mayúsculo: trascender en este último año y medio, recomponer su fauna interna y demostrar que puede conducir algo más que crisis si quiere convertir su aspiración legítima en una candidatura competitiva en Ciudad Juárez. En política, no basta con aspirar; hay que sostener. Y en Morena, la torre ya cruje.

 

El Pony: moral selectiva y memoria corta

 

En el Partido Acción Nacional tampoco hay calma ni uniformidad; la semana pasada y todavía durante el fin de semana siguieron las reacciones por la reaparición nada casual de Roberto Lara Rocha, el “Pony” Lara, que salió a dar cátedra sobre lo que es y debe ser un panista.

 

Golpes de pecho incluidos, con discurso de pureza partidista en un momento en que el panismo enfrenta cuestionamientos internos y externos.

 

El problema no es que opine, sino desde dónde lo hace y con qué autoridad pretende marcar línea.

Porque Lara Rocha difícilmente puede asumirse como referencia moral del partido. Su paso por la proyección del exgobernador Javier Corral, hoy senador de Morena, sigue siendo un antecedente incómodo, sobre todo por lo cuestionado que resultó ese sexenio y el desempeño de varios de sus colaboradores, entre ellos el propio “Pony”.

Ese pasado no se borra con declaraciones de ocasión ni con llamados a la ortodoxia; al contrario, reabre heridas y contradicciones dentro de un panismo que aún no termina de procesar lo que dejó esa etapa.

 

Y si algo ha definido a Roberto Lara Rocha es su perfil de operador: eficaz en lo interno, sí, pero distante de la calle y de las necesidades reales de los chihuahuenses.

 

No es un político de territorio ni de cercanía social, y ese vacío fue precisamente el que Morena aprovechó para meterse por la grieta que dejó el sexenio pasado, una grieta que sigue ahí y que el PAN no puede fingir que no existe.

 

Porque hay perfiles que sólo se asumen panistas cuando están en un cargo público o cuando cobran a través de la elección popular; fuera de eso, la convicción desaparece. Y ese es el punto incómodo que hoy exhibe el discurso del “Pony”.

 

PRI: concesión rentable y jugada a dos tiempos

 

En el PRI de Alex Domínguez ya no manda la militancia, manda la lógica de la concesión. Un aparato reducido a utilidad política: si se explota bien, da frutos; si no, se administra. Esa es la fotografía actual del tricolor, lejos de las bases y más cerca de las decisiones de cúpula. Y en ese tablero, Domínguez se mueve con oficio: es un animal político, entiende los tiempos y sabe que, con poco, puede construir escenarios de alto rendimiento.

 

No es casual la proyección de Tony Meléndez rumbo a 2027. En el análisis interno se habla de un dúo donde Alex empuja para que Tony encabece la candidatura a la gubernatura. Y ahí aparece la versión que circula entre operadores, que, ya en el proceso, habría un eventual relevo para que Domínguez asuma el poder vía la Secretaría General de Gobierno. Puede sonar descabellado o no, pero en términos de operación política cuadra: posicionas una cara competitiva y luego reacomodas las piezas desde la estructura.

 

Y si los números no alcanzan para competir en serio, el plan B también está sobre la mesa: usar la carta de Tony Meléndez como moneda de negociación con el virtual aspirante del PAN, Marco Bonilla, y pactar apoyo en la elección. Porque ganar no siempre pasa por la boleta; a veces se gana con acuerdos.

Ahí está el antecedente de Graciela Ortiz y su declinación a favor de Maru Campos. En el PRI lo saben, cuando no hay músculo para imponerse, se negocia para influir. Y en eso, Domínguez juega a dos tiempos.

Por MoneroMx