Sí, al momento de redactar esta columna hasta me dio miedo seguir mencionando las incongruencias del gobierno, y eso que omití muchas de las acciones de diversos partidos y actores políticos. Tan desprestigiada está la política que, hace un par de semanas, al hijo del expresidente López Obrador, “Andy” López Beltrán, le fue retirada su visa por presuntos vínculos con el crimen organizado. Más allá de que existan o no elementos que sustenten las acusaciones que han circulado, lo que sí es de sorprender es el descaro político con que diversos actores políticos y el gobierno actúan. El gobierno mexicano ha mencionado que las acciones son por cuestiones políticas y por defensa de la soberanía nacional, siendo la soberanía ya un comodín en todas las justificaciones que emanan de Palacio Nacional. Pero lo aberrante es que a “Andy” López se le ocurrió emitir una carta al presidente Trump, mencionando que la acción de retirar su visa fue por temas políticos. A ese nivel está la política mexicana. En la política mexicana nadie quiere asumir responsabilidades. Ante cualquier señalamiento, todos terminan siendo víctimas, se habla de persecución política y se desvía la atención de lo verdaderamente importante: esclarecer los hechos, colaborar con las investigaciones, buscar la verdad y la justicia. Ante el desprestigio actual de la política hay dos caminos: el primero, y quizá el más sencillo, es cruzarse de brazos y dejar que la corriente nos lleve a tolerar, no cuestionar y no participar en la búsqueda de un cambio. El segundo es más complejo: nadar contra corriente. Muchas veces ese camino es más difícil, más castigado y quizá ni siquiera trae consigo un beneficio personal. Pero al menos nos permite algo que hoy parece cada vez más escaso: actuar con congruencia y principios, con la convicción de que todavía es posible dignificar la política.
Sí, al momento de redactar esta columna hasta me dio miedo seguir mencionando las incongruencias del gobierno, y eso que omití muchas de las acciones de diversos partidos y actores políticos. Tan desprestigiada está la política que, hace un par de semanas, al hijo del expresidente López Obrador, “Andy” López Beltrán, le fue retirada su visa por presuntos vínculos con el crimen organizado. Más allá de que existan o no elementos que sustenten las acusaciones que han circulado, lo que sí es de sorprender es el descaro político con que diversos actores políticos y el gobierno actúan. El gobierno mexicano ha mencionado que las acciones son por cuestiones políticas y por defensa de la soberanía nacional, siendo la soberanía ya un comodín en todas las justificaciones que emanan de Palacio Nacional. Pero lo aberrante es que a “Andy” López se le ocurrió emitir una carta al presidente Trump, mencionando que la acción de retirar su visa fue por temas políticos. A ese nivel está la política mexicana. En la política mexicana nadie quiere asumir responsabilidades. Ante cualquier señalamiento, todos terminan siendo víctimas, se habla de persecución política y se desvía la atención de lo verdaderamente importante: esclarecer los hechos, colaborar con las investigaciones, buscar la verdad y la justicia. Ante el desprestigio actual de la política hay dos caminos: el primero, y quizá el más sencillo, es cruzarse de brazos y dejar que la corriente nos lleve a tolerar, no cuestionar y no participar en la búsqueda de un cambio. El segundo es más complejo: nadar contra corriente. Muchas veces ese camino es más difícil, más castigado y quizá ni siquiera trae consigo un beneficio personal. Pero al menos nos permite algo que hoy parece cada vez más escaso: actuar con congruencia y principios, con la convicción de que todavía es posible dignificar la política.