Por Juan González

El futuro es incierto, especialmente cuando formamos parte de la política y del servicio público. Las circunstancias cambian, los proyectos evolucionan y las responsabilidades que hoy asumimos mañana pueden estar en manos de alguien más. Ninguna silla es permanente y ningún cargo tiene garantizada su perpetuidad. Al final, todos somos reemplazables.

La función pública es un privilegio, pero no uno personal ni económico. Es el privilegio de servir, de contribuir a transformar realidades y de responder a las exigencias sociales que durante años han quedado pendientes.

Servir desde la política no debe ser sinónimo de privilegios, arrogancia o invulnerabilidad, mucho menos una justificación para tratar a los demás sin respeto ni consideración. Por el contrario, ejercer una responsabilidad pública debería representar uno de los mayores ejercicios de humildad, compañerismo y liderazgo. Porque la verdadera autoridad no se demuestra haciendo sentir a otros que somos superiores, sino entendiendo que, aun cuando existen jerarquías y responsabilidades distintas, nuestra dignidad como personas es la misma.

Ni la juventud debe confundirse con la superioridad que a veces otorga un primer cargo, ni la experiencia debe convertirse en una voz absoluta que se niega a escuchar. La política necesita nuevas ideas, pero también experiencia; ímpetu, pero también prudencia. Ninguna generación es dueña de la razón y ninguna trayectoria concede el derecho de mirar a los demás por encima del hombro.

Todos somos parte de un mismo engranaje. Comprenderlo implica reconocer que nadie es indispensable por encima de los demás y que el verdadero valor de nuestro trabajo no depende exclusivamente del lugar que ocupamos, sino de lo que aportamos desde él.

La política es un maratón, no una carrera de velocidad. Es un trayecto largo, con ascensos y descensos, momentos de reconocimiento y etapas de incertidumbre. Exige resistencia, paciencia y convicciones firmes. Por eso, más que competir por quién llega primero o quién ocupa la posición más visible, deberíamos preocuparnos por la manera en que recorremos el camino.

Que nuestras acciones hablen más que nuestros cargos. Que las políticas públicas que impulsamos trasciendan los periodos de gobierno. Tengamos la capacidad de entender que el servicio público cobra sentido cuando sus resultados mejoran la vida de la sociedad, incluso mucho después de que hayamos dejado nuestras responsabilidades.

Porque llegará el día en que la silla tenga otro ocupante, nuestro nombre deje de aparecer en los nombramientos y las circunstancias nos coloquen en un lugar distinto. Entonces, más allá de los títulos, los reconocimientos y las posiciones que hayamos alcanzado, no seremos recordados únicamente por el cargo que ocupamos, sino por la humanidad con la que lo desempeñamos, por el respeto que ofrecimos y por la huella que dejamos en los demás.

Por MoneroMx