Monerías: 

La croqueta

El croquetero no habla, grita. Casi ladra. No argumenta, reacciona. Su voz no nace de una idea, sino del reflejo condicionado de quien espera recompensa.

Es el que está dispuesto a recibir croquetas a cambio de lo que sea, opinión, discurso, postura pública. Su mente no es convicción, es moneda de cambio.

Cobrar no tiene nada de malo cuando es negocio. El problema es cuando se es croquetero. Ahí no hay intercambio profesional, hay arrastre por la migaja. Y no es algo de un momento, es una conducta. Un patrón que se repite en la vida de quien lo padece.

Hoy se acomoda a una causa, mañana a otra, siempre al mejor postor, aunque eso implique fingir o traicionarse.

Distinto es quien ha pensado siempre de una forma y actúa en consecuencia. Ese no es croquetero. Ese es leal a sus convicciones. Puede gustar o no, puede estar equivocado o no, pero hay una línea clara entre sostener una postura y venderla. Entre defender una idea y rentarla.

Por eso el problema no es la diferencia de ideas, es la ausencia de ellas. La política se ha abaratado.

Antes había izquierda y derecha con contraste y, en muchos casos, dignidad. Hoy hay croqueteros y migajeros, perfiles dispuestos a decir lo que sea por unas cuantas monedas. Y en ese ruido, la palabra perdió valor y la convicción dejó de ser requisito.

El croquetero, muerde a sus parecidos, pero no es igual, porque perro no come perro.

El precio de las encuestas

Las encuestas para medir políticos y candidatos por sí solas no son nada, sus mediciones son acorde al precio, y su fiabilidad de igual manera.

Aunque vale aclarar, hay dos tipos de encuestas, la que arroja un resultado frío a secas, una realidad, y la que es interpretativa.

Cuando se interpretan son peligrosas y carecen de objetividad y punto.

Hoy por hoy es casi más fiable una encuesta abierta en redes sociales, aun y con granjas de bots.

Lamentablemente encuestas que en su momento fueron de alto prestigio, específicamente dos que operan en el centro del país, y es que varios aspirantes a contender por la alcaldía de Chihuahua y uno que otro para otros cargos de elección popular han revelado que ambas encuestadoras piden cantidades que pueden ir desde los 60 mil hasta los 100 mil para mantener y subir a primeros lugares a algún candidato, obviamente no falseando la información, sino solamente interpretándola if you know what i mean.

El dato no se toca, se acomoda. Y en ese acomodo está el negocio.

Pero el principal meollo del asunto y a Monerías se lo dijo alguien de primera mano, las encuestas no son nada, pero nada, sino se publican en los medios de comunicación. Porque la encuesta sin difusión no pesa, no existe, no incide.

La encuesta no gana elecciones, las posiciona. Y si el posicionamiento también tiene precio, entonces lo que se vende no es información, es percepción.

En cambio en las encuestas de Facebook, hoy se puede ver algo más interpretativo al día de una elección, se movilizan grupos de Whatsapp, de redes, con vecinos, se busca a los grupos y contactos para poder ganar estas mediciones, osea como el día D.

La delgada línea de seguridad 

No es impensable, es preocupante cómo el secretario de Seguridad Pública del Estado, Gilberto Loya Chávez, se mueve hoy en una línea extremadamente delgada, sostener la responsabilidad de la seguridad en Chihuahua mientras, de forma paralela, se construye una proyección política que ya rebasa lo institucional.

 

El contexto no admite matices. El aseguramiento de uno de los mayores narcolaboratorios en la sierra de Morelos detonó una crisis de alto impacto, con la muerte de dos elementos de la Agencia Estatal de Investigación y dos agentes de la CIA de Estados Unidos, un episodio que elevó la presión política y evidenció lo frágil que puede ser el equilibrio en materia de seguridad.

 

No es la primera vez que ocurre. Ya se ha visto cómo un hecho de esta magnitud rompe cualquier narrativa y reconfigura el tablero en cuestión de horas, como sucedió con el fiscal general del estado, César Jáuregui Moreno, donde un operativo que apuntaba a consolidar terminó exponiendo el costo político de la seguridad.

 

Bajo ese precedente, pensar en campañas en medio de una crisis no es solo inoportuno, es riesgoso. La seguridad no admite distracciones ni dobles agendas. La línea es clara, o se contiene la crisis con todo el peso institucional o se entra de lleno a la competencia política. Intentar ambas cosas al mismo tiempo, en un escenario como el actual, es caminar sobre una cuerda floja.

Por MoneroMx