Por: Tony Vargas

Qué bonito es disfrutar cuando nuestra Selección Mexicana gana y avanza en este torneo mundialista. Se siente padre ser uno de los países anfitriones, ver al equipo invicto y sentir esa buena vibra de fiesta en las calles, pero también es preocupante cómo el fútbol enciende conductas inapropiadas.

La fiebre mundialista que se vive en Chihuahua ya dejó una alerta el pasado jueves por la noche, tras el triunfo de la selección mexicana en la glorieta de Pancho Villa, ahí en División del Norte y Universidad, se convirtió una vez más en el epicentro de un festejo descontrolado donde como siempre se presta para el consumo de alcohol desmedido.

El relajo casi termina en tragedia por una peligrosa moda reciente: balancear en grupo los vehículos que van pasando. En medio del fervor, la gente asume que el conductor se va a acoplar al desmadr… al festejo, pero esta vez no fue así. A la persona al volante no le pareció la broma, aceleró para escapar y por poco atropella a tres jóvenes. El incidente demuestra lo complicado que es hablar de control en nuestra sociedad cuando se desbordan pasiones reprimidas. Es un fenómeno que, sin ser un ataque, se magnifica principalmente entre los varones.

El fútbol tiene un lado positivo innegable como lazo social instantáneo, es un escape emocional en contextos difíciles donde el vecino con el que nunca hablas se vuelve tu compa de la nada, algo que vemos en las familias que se juntan con su carnita asada o en los niños que sueñan con ser jugadores.

El problema real es cuando el juego define nuestro estado de ánimo o nuestro valor como personas. Caemos en una dependencia peligrosa, viviendo el mundial como una obligación emocional donde la felicidad o la amargura de la semana dependen de un balón. El fútbol debe ser un ingrediente de la vida, no el plato principal; la fiebre mundialista está bien si no nos quema.

Al final, el alcohol distorsiona por completo la percepción del riesgo cuando la gente decide subirse a la glorieta o bajarse de los autos en movimiento. La autoridad en Chihuahua no puede seguir siendo reactiva; si ya saben que habrá concentraciones masivas por los partidos, desfiles o conciertos, los protocolos de seguridad deben desplegarse antes y no después del caos.

Existe un vacío en planeación urbana y seguridad pública, porque se gastan millones en traer eventos masivos pero muy poco en logística de riesgo. Por su parte, la ciudadanía necesita campañas de conciencia que no suenen a regaño, sino al entendimiento de que un festejo jamás va a valer una vida.

Por moneroVB