Lo malo, por supuesto, es que los líderes utilicen esa fe casi ciega de la comunidad para promover causas perversas o permitir agendas ajenas. Tras los fuertes cuestionamientos en redes sociales por la presencia de banderas de Israel dentro del contingente, los organizadores emitieron un posicionamiento público para aclarar que las insignias fueron portadas por congregaciones evangélicas bajo un motivo estrictamente religioso y bíblico. Se deslindaron por completo de cualquier lectura geopolítica, ideológica o bélica, argumentando que para su fe dicho territorio representa un símbolo espiritual vinculado a las Escrituras. Sin embargo, el deslinde oficial no borra el impacto en el espacio público.
Porque si acudes a una marcha que legítimamente es en apoyo a la familia, resulta peligroso que permitas que movimientos de extrema derecha se filtren en la estructura. Se terminan utilizando símbolos que tal vez para el ciudadano que va marchando bajo el sol no significan nada, pero que para millones de personas en el mundo representan muerte, dolor y destrucción, especialmente por la carga política que la extrema derecha le da a la bandera de Israel. Aunque en su gran mayoría la gente no haya tenido esa intención y desconociera el trasfondo, el verdadero conflicto radica en quienes promueven y coordinan la realización de estos movimientos masivos. Los líderes no solo lo permiten a diestra y siniestra, sino que, más allá de una simple coincidencia, lo mandatan y lo imponen como un requisito para que la marcha se lleve a cabo. Es ahí donde se desvirtúa el propósito central de una concentración ciudadana. Una cosa es la libertad de manifestar públicamente la defensa de la familia o las libertades individuales, y otra muy distinta es que las dirigencias utilicen el fervor genuino de las iglesias y de la ciudadanía de a pie como un escudo para validar discursos extremistas ajenos a la realidad local.