Por: Tony Vargas

El caso del profesor Alberto Israel Jasso Cruz, docente del Instituto de Educación Media Superior de la Ciudad de México que decidió quitarse la vida, nos deja con un nudo en la garganta y un chingo de preguntas. Con 25 años de trayectoria académica impartiendo la materia de Planeación y Organización del Estudio, la vida del docente dio un giro drástico el pasado 14 de julio de 2026, cuando una estudiante lo acusó formalmente por presuntos tocamientos ante la Dirección Jurídica del IEMS y el Ministerio Público.

Da rabia e impotencia ver el video que grabó antes de morir, donde negó rotundamente las acusaciones y calificó su decisión como un acto de protesta contra las fallas del sistema judicial, el linchamiento mediático y la falta de garantías a la presunción de inocencia ante el infierno que significaba ir a prisión preventiva.

Como ser humano, uno tiende a empatizar con el dolor y a pensar que quizás había algo de inocencia en él, o que de plano prefirió irse antes de enfrentar el desgaste económico, laboral y emocional de defenderse. Pero también hay que ser muy honestos: detrás de un acto así, casi siempre hay una crisis de salud mental y una depresión en silencio que los hombres solemos cargar porque la sociedad no nos enseña a ser vulnerables ni a pedir ayuda a tiempo.

Por el otro lado, tampoco podemos caer en el error de usar esta tragedia para señalar a la estudiante o culpar al feminismo de lo que pasó. Mientras la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México mantiene abierta la indagatoria sin que exista una resolución judicial definitiva sobre la culpabilidad o inocencia del docente, el propio IEMS emitió un comunicado pidiendo detener la desinformación, proteger la identidad y los datos de la menor y evitar el escarnio.

No tenemos el expediente a la mano ni conocemos todas las pruebas; la realidad es que el suicidio no demuestra que la acusación fuera falsa, así como la sola denuncia tampoco lo hacía culpable en automático. Las denuncias falsas existen y deben castigarse con firmeza para que no se use la ley como venganza, pero las estadísticas nos dicen que son la minoría frente a un problema real de acoso.

El verdadero problema aquí no es que las mujeres salgan a denunciar, sino que las instituciones siguen fallando en investigar bien, en proteger a ambas partes y en cuidar la salud mental de la gente.

En paz descanse el profesor Alberto Israel Jasso Cruz, de haber sido inocente (ojalá) y que ella, la joven, pague si es culpable por su mentira, si no que encuentre la paz y la justicia por esta doble agresión que su presunto agresor le habría hecho al exhibirla y revictimizala. Eso le toque a otros determinar.

Por moneroVB