Por Juan Gonzalez
Hace un par de semanas me encontraba visitando cierta colonia de la ciudad de Chihuahua. Específicamente, atendimos el llamado de una política pública del Gobierno Municipal que buscaba reforestar la zona, limpiar arroyos, habilitar parques y gestionar acciones con los vecinos en la búsqueda de hacer comunidad.
Al salir de la colonia, por mi mente pasaban diversos cuestionamientos y conflictos. Me preguntaba: ¿Cómo se puede apoyar a esta gente? ¿Cómo se pueden hacer más cortos los trayectos? ¿Cómo se puede impulsar el empleo? ¿Cómo erradicamos la delincuencia en esta zona? Preguntas que son complicadas y que, en algunas, aún no tengo respuesta.
Pasadas dos semanas de aquella actividad de rehabilitación de la zona, tuve la oportunidad de volver a la colonia para apoyar a Ximena, una niña que cuenta con una discapacidad y necesita una silla de ruedas para transportarse. Pero, sorpresa, encontré un lugar totalmente distinto al que apoyamos a rehabilitar.
Para mi sorpresa, el arroyo que se limpió lo encontré nuevamente lleno de basura y escombro, como si fuera un relleno sanitario; muchos de los árboles estaban secos, sobreviviendo, y uno que otro ya no estaba. Las instalaciones de los parques estaban dañadas, las calles sucias y todo parecía como si hace dos semanas no hubiera existido una rehabilitación.
La razón de estos párrafos no es criticar esta colonia de la ciudad, ni mucho menos recriminar o buscar que ya no se apoye a esas colonias que, sin duda, requieren de mucho apoyo y servicio social.
Lo que quiero recalcar es la importancia y el poder que tenemos las personas para cambiar nuestro entorno, nuestro futuro y nuestra sociedad; ese poder que, como personas, no valoramos y, muchas veces, malamente no utilizamos. De lo mucho que nos quejamos y de lo poco que actuamos, de lo dependientes que somos de las acciones de gobierno y de la gran omisión que hacemos como ciudadanía.
Todos compartimos la misma casa común que es Chihuahua. No podemos desviar la mirada, no podemos dejar de lado la participación social, no podemos dejar de ejercer nuestros derechos, pero tampoco podemos dejar de asumir la responsabilidad de cumplir con nuestras obligaciones.
Este llamado es para todas las personas que asumen un rol pasivo, para quienes ni les va ni les viene lo que suceda en su entorno, cómo se rige la economía, la seguridad de la ciudad e incluso para quienes ni conocen el nombre de sus representantes, como el presidente municipal, diputado o gobernador.
Hoy, el nivel de exigencia debe ser igual para un político que para sus gobernados. Entre ambos mundos debe existir sinergia y coordinación: entre quien escucha y quien toma las decisiones, entre quien consulta y quien propone. Juntos, en coordinación, a todos nos va mejor.
A menos de un año de las próximas elecciones, te invito a ti, quien tiene la oportunidad de leer este diálogo, a que participes, a que no seas pasivo frente a los candidatos y las propuestas que verán tus ojos. Ya no es válido el ejercicio permanente de buscar culpables.
El futuro de nuestra ciudad no depende únicamente de quienes gobiernan, sino también de quienes los ponemos en ese lugar. Nuestros gobernantes son, en buena medida, el reflejo de una ciudadanía que vota, se informa, debate y participa; de ciudadanos que no solamente exigen resultados, sino que también asumen la responsabilidad de construir la ciudad que quieren.