Por Juan González.-
Esta semana Morena definió a quien habría de encabezar su proyecto rumbo a la gubernatura de Chihuahua. En el proceso interno se habló de encuestas y de distintos mecanismos para medir el reconocimiento social de quienes aspiraban a la candidatura.
En términos políticos, la lógica parecía sencilla, elegir al personaje que tuviera mayor reconocimiento y, con ello, mayores posibilidades de obtener votos.
No dediqué el espacio de esta columna para hablar de los pros y contras de los dos aspirantes de este partido a la contienda gubernamental en el Estado de Chihuahua pues poco podría decir de ellos en relación con resultados concretos dentro de su trayectoria política.
Mi preocupación iba en otra dirección: ¿en qué momento dejamos de elegir a quienes pueden gobernar para comenzar a elegir a quienes pueden ganar?
La política parece haber depreciado sus propios criterios. El reconocimiento social se convirtió en una virtud política; la popularidad, en una carta de presentación; y la capacidad para obtener votos, en una especie de certificado de capacidad para gobernar.
La depreciación de la política es cada vez más evidente. En cada proceso interno, los partidos parecen reflejar una preocupante ausencia de criterios para seleccionar a quienes habrán de representarlos, y el resultado termina siendo, en muchas ocasiones, la llegada de malos candidatos que posteriormente se convierten en malos gobernantes.
En la contienda por la gubernatura de Chihuahua, encontramos dos perfiles que generaron cuestionamientos distintos: por un lado, señalamientos sobre vínculos políticos relacionados con el crimen organizado y el presunto uso de recursos de procedencia ilícita con fines de promoción personal; por otro, un aspirante cuya administración municipal ha sido cuestionada por la falta de resultados y por señalamientos relacionados con posibles actos de corrupción.
Si bien, MORENA no se caracteriza principalmente por elegir a los mejores candidatos o ser un ejemplo de los mejores gobiernos en nuestro país, lo que sí me preocupaba es el desgaste social que daba origen en cada elección y de lo peligroso que es elegir candidatos basados en popularidad y no en resultados.
Dignificar la política comienza dentro de cada partido político: en la responsabilidad de elegir perfiles que compartan valores, que tengan una visión clara de gobierno, que puedan acreditar resultados, que presenten propuestas y, sobre todo, que entiendan el servicio público como una verdadera vocación de servir a la ciudadanía.
Lo que debería prevalecer en cualquier proceso electoral no es la búsqueda del poder por el poder, sino la responsabilidad de encontrar a quienes puedan representar dignamente a una sociedad. Llegar a un cargo público no debería ser la meta, sino el medio para transformar, resolver y servir, sin perder en el camino los valores y principios que dieron origen a esa aspiración.
Porque ahí está la diferencia entre quienes buscan llegar para servir y quienes simplemente buscan llegar.
MORENA ya eligió. Y todo indica que no lo hizo a partir de las virtudes, los resultados, la preparación o las capacidades de quienes aspiraban a la candidatura, sino bajo una lógica mucho más simple: determinar cuál de los candidatos era el menos peor.