Por: Tony Vargas

Vaya conflicto para la 4T el asunto de Rubén Rocha Moya, una crisis de proporciones enormes que parece habérseles salido de las manos desde hace mucho. No bastó con tener que justificar el regreso del gobernador tras permanecer 112 días separado del cargo, pues a menos de 24 horas tuvieron que salir a excusarlo de nuevo tras su decisión forzada de pedir licencia de manera indefinida.

Factor determinante fue sin duda el contundente mensaje que la presidenta Claudia Sheinbaum publicó en sus redes sociales, al que de inmediato se sumaron funcionarios y gobernadores de Morena.
La mandataria advirtió que el ejercicio del poder público debe estar acompañado de principios y límites, sentenciando que «el poder sin principios se vuelve arrogancia; el poder sin límites, abuso; y el poder que olvida al pueblo, termina enfrentándose a la historia». Remató afirmando que «México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la Nación es eterna».

Tras esto, las gobernadoras y los gobernadores de la Cuarta Transformación emitieron un documento donde expresaron su absoluto respaldo a Sheinbaum y llamaron a cerrar filas con el proyecto colectivo.

Lo que vemos aquí es un claro caso de abandono político. Mientras por meses el oficialismo defendió a capa y espada a Rocha Moya e hizo oídos sordos a los señalamientos por presuntos vínculos con facciones del crimen organizado desde su campaña de 2021, hoy lo dejan solo cuando el costo político se volvió insostenible.

Si en todo este tiempo hubieran tenido un ápice de firmeza, desde un principio le habrían exigido separarse del cargo, mostrar disposición total para que se hiciera la investigación correspondiente y ponerse a las órdenes de las autoridades para aclarar las acusaciones.

Se trata de una cuestión de congruencia elemental con los valores que pregonan como estandarte: honestidad, austeridad y lealtad. El mensaje de la presidenta, aunque muy acertado, llega demasiado tarde. Durante meses se evitó una postura firme contra las maniobras del grupo sinaloense para llegar, mantenerse y no soltar el poder. Aunque Rocha Moya tuvo que irse de nuevo porque no le quedó de otra, su intento por volver a gobernar dejó en evidencia una ambición personal por encima del pueblo y, sobre todo, el miedo a perder el fuero que lo protegía.

Esa misma firmeza moral que hoy se le exige tardíamente al mandatario sinaloense debe aplicarse a todos aquellos políticos que durante meses prefirieron guardar silencio, aplaudir y escudarse cómodamente en la frase de «presenten pruebas» de la presidenta.

El mismo rasero debe aplicar para cualquier personaje con señalamientos graves, sea en México, Estados Unidos o cualquier otro lado: manteniendo siempre el derecho a la presunción de inocencia, pero no permitiendo jamás que el poder se use como escudo protector para eludir responsabilidades.

Por moneroVB