El Departamento de Estado de los Estados Unidos anunció una ampliación inmediata en su política de restricciones de visa, afectando a 26 personas en América Latina y el Caribe, bajo la premisa de proteger la seguridad nacional frente a la influencia de adversarios como China, Rusia e Irán.
Esta medida, que se extiende a los familiares directos de los sancionados, busca castigar a quienes faciliten el control de activos estratégicos, recursos vitales o infraestructuras críticas, especialmente en el sector de telecomunicaciones, a potencias consideradas hostiles para Washington.
El gobierno de Donald Trump dejó claro que no permitirá que actores regionales utilicen el hemisferio como base operativa para debilitar la prosperidad estadounidense o desestabilizar la seguridad regional.
La decisión se enmarca en una estrategia de seguridad nacional agresiva que ya ha tenido episodios de alta tensión diplomática, como el retiro temporal del visado al presidente colombiano Gustavo Petro y sanciones previas a funcionarios chilenos bajo la administración de Gabriel Boric.
El comunicado oficial subraya que las penalizaciones migratorias se aplicarán a quienes financien o apoyen iniciativas que comprometan la soberanía democrática o los intereses económicos de Estados Unidos. Con esta acción, la Casa Blanca utiliza el control fronterizo como una herramienta de presión política directa, advirtiendo a los gobiernos de la región que cualquier alineación con potencias extracontinentales tendrá consecuencias inmediatas en su relación bilateral y el acceso a territorio norteamericano.