Por: Tony Vargas
Imagínese ser ese empresario que, con esfuerzo, mantiene su restaurante en el centro de la ciudad o en algún punto estratégico de Chihuahua. Un lugar con potencial. Tras enterarse de que México será sede del Mundial 2026, la ilusión no se hace esperar; es sabido que a la afición mexicana le encanta el fútbol y el consumo durante estos festejos es garantía de buenas ventas.
Con partidos programados en horarios diurnos, el escenario parece ideal para equipar el negocio con pantallas nuevas, adecuar las instalaciones y recibir a los clientes con una buena botana o una cerveza bien fría. Sin embargo, la expectativa se derrumba como un balde de agua fría al descubrir las estrictas políticas de la FIFA.
Para este torneo, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) ha determinado que cualquier establecimiento comercial requiere una licencia específica de transmisión pública para proyectar los partidos. No basta con encender la televisión; de lo contrario, se incurre en violaciones de derechos de autor que pueden derivar en multas de miles de pesos, clausuras y demandas legales por uso no autorizado de marcas registradas. El panorama en México se vuelve aún más complejo y restrictivo, ya que los comerciantes no solo deben negociar con las empresas de telefonía y televisión que poseen los derechos de transmisión exclusiva, sino que también necesitan la debida autorización del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) para evitar el uso ilegal de logos o nombres comerciales del torneo.
Esta encrucijada representa un golpe devastador para el sector de bares y restaurantes en Chihuahua. Lo que debería ser una oportunidad de reactivación económica y un festejo popular se transforma en un negocio exclusivo donde solo las grandes cadenas comerciales pueden costear los permisos y tramitaciones exigidas. Al locatario local, al que trabaja diariamente para sacar adelante su negocio, la burocracia internacional le arrebata la posibilidad de competir en igualdad de condiciones. Pareciera que en su afán de lucro, los organizadores pretenden cobrarle a los mexicanos hasta por el aire que respiran.
Resulta profundamente lamentable que los dueños de pequeños establecimientos se topen con esta muralla legal justo cuando buscaban salir a flote. Al final del día, queda en el aire una pregunta incómoda sobre el verdadero beneficio de esta justa deportiva. Con un entorno comercial asfixiado por regulaciones desmedidas y un costo de organización altísimo, cabe cuestionarse si para México el Mundial 2026 será un auténtico triunfo o si, por el contrario, haber sido elegidos como sede terminará saliendo demasiado caro.