La primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, presentó este miércoles a «Figure 3», un robot humanoide fabricado en territorio estadounidense, como la pieza central de su cumbre sobre educación e inteligencia artificial en el histórico Salón Este. El autómata, que caminó ante una audiencia de primeras damas y líderes tecnológicos, emitió un discurso de agradecimiento en 11 idiomas, marcando lo que la administración Trump califica como un «punto de inflexión» en la integración de la tecnología robótica dentro del entorno cotidiano y educativo de los niños.
El despliegue técnico no fue casualidad, pues el movimiento rígido pero exitoso de la máquina buscó contrastar con los recientes fracasos de la robótica rusa en foros internacionales, posicionando la hegemonía tecnológica de Washington en la carrera de la IA. Melania Trump defendió la llegada de estos sistemas argumentando que, al estar el mundo diseñado para las personas, los humanoides son los sistemas «mejor adecuados» para operar en él, proponiendo incluso la creación de educadores robóticos para liberar tiempo recreativo en los menores.
Sin embargo, el evento también evidenció las contradicciones de la iniciativa «Fostering the Future Together», donde la primera dama apenas permaneció siete minutos antes de abandonar la sala, saltándose los paneles de discusión y el diálogo con sus homólogas internacionales. Mientras figuras como Olena Zelenska y Sara Netanyahu observaban atónitas el avance de «Figure 3», la ausencia de un debate profundo sobre los riesgos de seguridad dejó en el aire si la prioridad es realmente el bienestar infantil o la simple exhibición de músculo tecnológico frente a empresas como Meta y OpenAI.
La apuesta de la Casa Blanca por un «futuro personificado» donde la IA abandona los teléfonos para ocupar espacios físicos plantea una implicación social profunda: la normalización de la vigilancia y la tutoría robótica en la formación de las próximas generaciones. Al llamar a estos sistemas «invitados» y proponer modelos como el robot «Platón», la administración Trump empuja una agenda de dependencia tecnológica que, bajo el velo del progreso educativo, entrega a las máquinas un rol de autoridad en el desarrollo de la «persona completa».